Rebeca — Un vaso de la elección soberana de Dios
- Ministra Belinda Ramirez

- Apr 19
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Rebeca, cuyo nombre en el hebreo original es רִבְקָה (Rivqah/Rivkah), es una figura significativa en el plan del pacto de Dios, y su relato se encuentra principalmente en Génesis 24–27. Su nombre fue posteriormente traducido al griego como Rhebékkā y al latín como Rebecca, que es como ha llegado al inglés hoy en día.
Ella fue escogida por Dios mediante dirección divina para ser la esposa de Isaac y la madre de la línea prometida, continuando el pacto dado a Abraham (Génesis 24:12–14; Génesis 24:67).
Su vida revela la soberanía de Dios, Su elección divina y cómo Él obra a través de las personas para cumplir Su propósito. Desde su obediencia voluntaria al dejar su tierra en fe (Génesis 24:58) hasta su papel en el desarrollo de la promesa de Dios a través de sus hijos (Génesis 25:23), el relato de Rebeca nos señala la fidelidad de Dios y Su plan redentor que finalmente conduce a Cristo (Gálatas 3:16).
Un llamado a la fe
Así como con Sara, la fe es central en el relato de Rebeca. La Palabra de Dios nos recuerda: “Pero sin fe es imposible agradarle” (Hebreos 11:6). Esta verdad se ve claramente en el siervo de Abraham, identificado como Eliezer, quien confió en que Dios ya había escogido a la mujer designada para Isaac.
Él buscó al Señor en oración, creyendo que Dios daría a conocer Su voluntad, diciendo: “Oh Jehová Dios de mi señor Abraham… haz misericordia con mi señor Abraham” (Génesis 24:12–14).
Fue por fe que confió en la dirección de Dios antes de ver el resultado, descansando en la seguridad de que el Señor ya había preparado el camino (Génesis 24:7). Cuando Rebeca vino y cumplió exactamente la señal que él había pedido en oración, confirmó que ella era verdaderamente la elección de Dios.
Este relato nos muestra que la fe no es solo creer después de ver, sino confiar en que Dios ya ha ido delante de nosotros y ha establecido Su voluntad perfecta conforme a Su propósito (Proverbios 3:5–6).
Un llamado a la separación y a confiar en la dirección de Dios
A medida que Abraham envejecía, comprendió la importancia de conseguir una esposa para Isaac, no conforme a las costumbres de la tierra, sino conforme a la voluntad de Dios. Hizo jurar a su siervo, diciendo: “No tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, entre los cuales yo habito; sino que irás a mi tierra y a mi parentela, y tomarás mujer para mi hijo Isaac” (Génesis 24:3–4). La instrucción de Abraham estaba basada en el deseo de preservar la línea del pacto y asegurar que Isaac no se uniera con quienes no servían al único Dios verdadero.
Este principio refleja una verdad que vemos a lo largo de la Escritura: que Dios llama a Su pueblo a ser apartado. El apóstol Pablo más adelante escribe: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia?” (2 Corintios 6:14). Aun aquí en Génesis vemos una anticipación de este mandato, ya que Abraham buscaba una unión fundamentada en la fe y en la obediencia a Dios.
La confianza de Abraham no estaba en el azar, sino en la fidelidad de Dios. Él aseguró a su siervo: “Jehová Dios de los cielos… él enviará su ángel delante de ti, y tú traerás de allá mujer para mi hijo” (Génesis 24:7). Esta seguridad se convirtió en el fundamento de la fe del siervo. Aunque no sabía cómo se desarrollaría todo, confió en las palabras de Abraham, las cuales estaban arraigadas en la confianza en Dios mismo.
Cuando el siervo llegó al pozo, oró antes de acercarse a las mujeres, buscando una señal clara del Señor: “Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro… y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea ésta la que tú has destinado” (Génesis 24:14). Esto no era una petición pequeña, ya que dar agua a los camellos requería gran esfuerzo, mostrando no solo disposición, sino también un corazón de sierva.
En un contexto donde no era costumbre que las mujeres interactuaran libremente con extraños, y donde muchas normalmente se retirarían, el siervo confió en que Dios apartaría a la que Él había escogido. Antes de que terminara de hablar en su corazón, Rebeca vino al pozo e hizo exactamente como él había pedido (Génesis 24:15–18).
En ese momento, el siervo supo que el Señor había dirigido su camino, confirmando que Rebeca era el vaso escogido en el plan de Dios (Génesis 24:27).
Este relato nos recuerda que cuando caminamos en obediencia y confiamos en el Señor, Él es fiel para guiar nuestros pasos y revelar Su voluntad en Su tiempo perfecto (Proverbios 3:5–6).

Dios confirma Su elección y la respuesta voluntaria de Rebeca
Después que Rebeca cumplió la misma señal que el siervo había pedido en oración—dándole de beber a él y también sacando agua para sus camellos—la Escritura deja claro que esto fue la confirmación de Dios. “Y aconteció que antes que él acabase de hablar, he aquí Rebeca… que salía con su cántaro sobre su hombro” (Génesis 24:15). Ella respondió exactamente como él había pedido al Señor: “Bebe, señor mío… también para tus camellos sacaré agua” (Génesis 24:18–19). En ese momento, el siervo supo que el Señor había respondido, y “inclinó su cabeza, y adoró a Jehová” (Génesis 24:26–27).
Después de esto, fue a la casa de Rebeca y declaró cuidadosamente todo lo que había sucedido—cómo Abraham lo había enviado, el juramento que hizo, la oración que había hecho, y cómo el Señor lo guió directamente hasta Rebeca. “Y el siervo contó a Isaac todo lo que había hecho” (Génesis 24:66), y antes a su familia, testificó: “Yo estando en el camino, me guió Jehová a casa de los hermanos de mi amo” (Génesis 24:48). Esto no fue plan de hombre, sino dirección divina de Dios para proveer esposa a Isaac conforme a Su propósito del pacto.
Cuando su familia oyó estas cosas, reconocieron la mano de Dios, diciendo: “De Jehová ha salido esto; no podemos hablarte malo ni bueno. He ahí Rebeca delante de ti; tómala y vete, y sea mujer del hijo de tu señor, como lo ha dicho Jehová” (Génesis 24:50–51).
Al día siguiente, el siervo estaba listo para regresar, pero su familia deseaba que ella se quedara “algunos días, a lo menos diez” (Génesis 24:55). Sin embargo, el siervo pidió que no lo detuvieran, sabiendo que el Señor había prosperado su camino (Génesis 24:56). Entonces llamaron a Rebeca y le preguntaron directamente: “¿Irás tú con este varón? Y ella respondió: Iré” (Génesis 24:58). Esta respuesta revela su fe personal y su disposición de entrar en el llamado de Dios.
La Escritura muestra que su familia deseaba una breve demora, pero finalmente ella partió sin prolongar la espera, conforme a la dirección del Señor. “Entonces enviaron a Rebeca su hermana, y a su nodriza… y bendijeron a Rebeca” (Génesis 24:59–60).
Rebeca entonces emprendió el camino y fue llevada a Isaac. “Y alzando Rebeca sus ojos, vio a Isaac, y descendió del camello… y tomó el velo, y se cubrió” (Génesis 24:64–65). “Y la trajo Isaac a la tienda de Sara su madre… y la tomó por mujer, y la amó” (Génesis 24:67). Así se cumplió el plan de Dios, uniendo a Isaac y Rebeca conforme a Su voluntad divina.
Dos naciones hay en tu vientre
Después que Rebeca llegó a ser esposa de Isaac, ella, al igual que Sara antes de ella, experimentó esterilidad. E Isaac tenía cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca (Génesis 25:20), y no fue sino hasta que tuvo sesenta años cuando ella los dio a luz (Génesis 25:26).
La Escritura no da la edad exacta de Rebeca, pero esto muestra un período de aproximadamente veinte años antes de que concibiera. Pero Isaac buscó al Señor por ella, y Dios respondió: “Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer” (Génesis 25:21).
Durante su embarazo, Rebeca experimentó una gran lucha dentro de sí, y acudió al Señor para entender: “Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová” (Génesis 25:22).
En respuesta, el Señor reveló Su plan soberano, declarando: “Dos naciones hay en tu vientre, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; el un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor” (Génesis 25:23).
Esta palabra del Señor dejó claro que lo que estaba ocurriendo no era solamente físico, sino espiritual y profético. Dios estaba revelando que de Rebeca vendrían dos naciones—Esaú (עֵשָׂו, Esav) y Jacob (יַעֲקֹב, Yaʿaqov)—y que Su propósito divino no seguiría el orden natural del primogénito, sino Su elección soberana.
Cuando llegó el tiempo de dar a luz, la Escritura confirma la palabra del Señor: “Y cuando se cumplieron sus días para dar a luz, he aquí había gemelos en su vientre” (Génesis 25:24). El primero salió rubio y velludo, y llamaron su nombre Esaú; y después salió su hermano, tomando con su mano el calcañar de Esaú, y fue llamado su nombre Jacob (Génesis 25:25–26).
Por medio de esto, vemos que los propósitos de Dios no se establecen por la tradición humana, sino por Su voluntad solamente, como está escrito: “para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama” (Romanos 9:11–12).
El desarrollo del propósito de Dios a través de Rebeca
A medida que los hijos crecían, la Escritura revela una distinción dentro del hogar: “Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob” (Génesis 25:28). Aunque esta división es evidente, se desarrolla conforme a la palabra que el Señor ya había hablado: “el mayor servirá al menor” (Génesis 25:23).
Esta verdad se hace más clara cuando Esaú menospreció su primogenitura, vendiéndola a Jacob: “Y dijo Esaú… ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?… Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas… así menospreció Esaú la primogenitura” (Génesis 25:32–34). Lo que Dios había declarado comenzaba ahora a manifestarse, no por casualidad, sino conforme a Su plan soberano.
Rebeca, habiendo recibido la palabra del Señor, actuó cuando llegó el tiempo de que Isaac bendijera a su hijo. Ella instruyó a Jacob, diciendo: “Ahora, pues, hijo mío, obedece a mi voz conforme a lo que te mando” (Génesis 27:8–10). Por medio de esto, Jacob fue llevado delante de Isaac, y la bendición fue dada: “Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra… sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti… malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren” (Génesis 27:28–29).
Esta bendición confirmó la promesa del pacto, alineándose con lo que Dios ya había declarado antes de su nacimiento (Génesis 25:23). Como está escrito: “El mayor servirá al menor… para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama” (Romanos 9:12, 11).
Cuando Esaú supo de la bendición, “aborreció Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido” (Génesis 27:41). Rebeca, percibiendo el peligro, actuó para preservar la promesa, diciendo a Jacob: “Ahora, pues, hijo mío, obedece a mi voz; levántate y huye a casa de Labán mi hermano, en Harán” (Génesis 27:43).
Luego habló a Isaac, enfatizando nuevamente la separación de las hijas de la tierra: “Fastidio tengo de mi vida, a causa de las hijas de Het; si Jacob toma mujer de las hijas de Het… ¿para qué quiero la vida?” (Génesis 27:46). En esto, se mantiene el mismo principio visto primero con Abraham—que la línea del pacto debía permanecer apartada.
A través de todos estos acontecimientos, la Escritura muestra que lo que Dios había hablado se cumplió. Desde la primogenitura hasta la bendición, y aun en la preservación de Jacob, la voluntad de Dios continuó conforme a Su palabra, demostrando que Su voluntad permanece, y que Él es fiel para cumplir todo lo que ha declarado (Números 23:19).
Lecciones de la vida de Rebeca
La fe requiere obediencia: La vida de Rebeca demuestra que la verdadera fe no es pasiva, sino activa. Desde su disposición de dejar su tierra (Génesis 24:58) hasta sus acciones al alinearse con lo que Dios había revelado (Génesis 25:23; Génesis 27:8), su relato muestra que la obediencia sigue a la fe (Santiago 2:17).
La voluntad de Dios permanecerá: El Señor declaró Su voluntad de antemano, y se cumplió exactamente como fue dicho: “el mayor servirá al menor” (Génesis 25:23). Esto nos recuerda que “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10).
Dios usa a personas imperfectas: Aunque las acciones de Rebeca no estuvieron exentas de complejidad, la voluntad de Dios aun así se cumplió. La Escritura deja claro que es “no por las obras, sino por el que llama” (Romanos 9:11), mostrando que los propósitos de Dios no son impedidos por la debilidad humana.
La importancia de la separación espiritual: Así como Abraham y Rebeca mantuvieron la separación de aquellos que no servían al Señor (Génesis 24:3–4; Génesis 27:46), se nos recuerda: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14).
Confiar en la soberanía de Dios: El relato de Rebeca revela que Dios tiene el control desde el principio hasta el fin. “El consejo de Jehová permanecerá para siempre, los pensamientos de su corazón por todas las generaciones” (Salmos 33:11).
Un llamado a caminar en la voluntad de Dios
La vida de Rebeca nos señala la verdad de que la voluntad de Dios es establecida por Su Palabra y cumplida en Su tiempo. Como creyentes, somos llamados a confiar no en lo que vemos, sino en lo que Dios ha hablado, sabiendo que “fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:24).
Así como has recibido a Jesucristo como tu Señor y Salvador, el mismo Dios que dirigió los pasos de Rebeca y cumplió Su promesa es Aquel que ha provisto salvación por medio de Su Hijo. Somos llamados a caminar en Su voluntad, aferrándonos a La Obra Consumada de la Cruz.
Esta es la voluntad de Dios, que caminemos en La Obra Consumada de la Cruz, y mientras continuamos manteniendo nuestra fe y confianza en Él, es por fe—el ejemplo que vemos aquí—que “sin fe es imposible agradarle” (Hebreos 11:6), “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).
Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Que esto sea un ánimo para mantenernos firmes en la fe, confiando en lo que Dios ha hablado, aun cuando todavía no se ve, sabiendo que Él es fiel para cumplir Su Palabra.
Referencias cruzadas de la Escritura
Dirección y fidelidad de Dios: Génesis 24:7; Génesis 24:12–14; Salmos 33:11; Números 23:19
La voluntad soberana y la elección de Dios: Génesis 25:23; Romanos 9:11–12; Isaías 46:10
Fe y obediencia: Hebreos 11:6; Santiago 2:17; Proverbios 3:5–6
Separación de la incredulidad: Génesis 24:3–4; Génesis 27:46; 2 Corintios 6:14
La promesa de Dios cumplida en Cristo: Gálatas 3:16; Mateo 1:2; Hebreos 12:2




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