Lea y Raquel — La voluntad de Dios a través de dos hermanas
- Ministra Belinda Ramirez

- 3 days ago
- 6 min read
Lectura Bíblica: Génesis 29–30; Génesis 35:16–26
Lea y Raquel, las hijas de Labán, son figuras centrales en el desarrollo del plan del pacto de Dios. Su relato se encuentra principalmente en Génesis 29–30 y Génesis 35. A través de estas dos hermanas, comenzarían a surgir las doce tribus de Israel, y por medio de Judá, hijo de Lea, continuaría el linaje prometido que conduciría a Cristo el Mesías según la voluntad de Dios (Génesis 49:10; Mateo 1:2–3).
Cuando Jacob viajó hacia la tierra de la familia de su madre, llegó a un pozo en el campo, donde los pastores reunían sus rebaños (Génesis 29:1–3). Allí vio a Raquel, hija de Labán, que venía con las ovejas de su padre: “Y mientras él aún hablaba con ellos, Raquel vino con las ovejas de su padre; porque ella las pastoreaba” (Génesis 29:9).
La Escritura nos dice que Jacob inmediatamente mostró bondad hacia Raquel, removiendo la piedra de la boca del pozo y dando de beber al rebaño de Labán (Génesis 29:10). “Y Jacob besó a Raquel, y alzó su voz y lloró” (Génesis 29:11). Después de saber que ella era su parienta, Jacob se quedó con Labán y, con el tiempo, “Jacob amó a Raquel” (Génesis 29:18).
Jacob acordó servir a Labán siete años por Raquel, y “le parecieron como pocos días, porque la amaba” (Génesis 29:20). Sin embargo, Labán actuó engañosamente con Jacob. “Y sucedió que por la tarde tomó a Lea su hija y se la trajo” (Génesis 29:23). Cuando llegó la mañana, Jacob descubrió que le habían dado a Lea en lugar de Raquel (Génesis 29:25).
Entonces Labán también dio a Raquel a Jacob después de que se cumpliera la semana nupcial de Lea, y Jacob sirvió otros siete años por ella (Génesis 29:27–30). Así, a través del engaño y la dificultad, tanto Lea como Raquel llegaron a ser esposas de Jacob según el desarrollo de la voluntad de Dios.
La Escritura también revela que se desarrolló tensión y rivalidad entre las dos hermanas. “Y vio Jehová que Lea era menospreciada, y le dio hijos; pero Raquel era estéril” (Génesis 29:31). Lea dio a luz a hijos para Jacob—Rubén, Simeón, Leví y Judá (Génesis 29:32–35). Pero Raquel envidiaba a su hermana porque aún no había tenido hijos, diciendo a Jacob: “Dame hijos, o si no, me muero” (Génesis 30:1).
Su conflicto se ve aún más en el asunto de las mandrágoras (Génesis 30:14–24). “Fue Rubén en tiempo de la siega de los trigos, y halló mandrágoras en el campo, y las trajo a Lea su madre. Entonces dijo Raquel a Lea: Te ruego que me des de las mandrágoras de tu hijo” (Génesis 30:14). En el texto hebreo original, la palabra traducida como “mandrágoras” es דּוּדָאִים (dûdâ’îm), una planta asociada con la familia de la belladona y conectada históricamente en el antiguo Cercano Oriente con el amor, el deseo sensual, la fertilidad y la concepción.
La planta de mandrágora era conocida por sus largas raíces, que muchas veces parecían figuras humanas, y por ello muchas culturas antiguas creían que poseía poderes especiales. Su fruto era descrito frecuentemente como amarillo y del tamaño de una manzana pequeña, mientras que la raíz era conocida por su fuerte olor.
Debido a estas creencias, las mandrágoras llegaron a asociarse con remedios populares relacionados con la fertilidad y la maternidad. Las mandrágoras se mencionan solamente unas pocas veces en la Escritura, principalmente en relación con la fertilidad y el amor, apareciendo aquí en Génesis 30:14–16 y más adelante en Cantares 7:13.
Debido a que Raquel permanecía estéril en ese tiempo, su petición de las mandrágoras refleja el profundo dolor y anhelo que llevaba por tener hijos. Lea respondió a su hermana: “¿Es poco que hayas tomado mi marido, sino que también te has de llevar las mandrágoras de mi hijo?” (Génesis 30:15). Entonces Raquel hizo un trato con Lea acerca de Jacob, diciendo: “Pues dormirá contigo esta noche por las mandrágoras de tu hijo” (Génesis 30:15). Este acontecimiento resalta la continua tensión, rivalidad y competencia entre Raquel y Lea con respecto al afecto de Jacob y el deseo de tener hijos.
La rivalidad entre las hermanas se extendió aún más cuando Raquel dio a su sierva Bilha a Jacob para que tuviera hijos por medio de ella (Génesis 30:3–8), y más tarde Lea también dio a su sierva Zilpa a Jacob (Génesis 30:9–13). Por medio de Bilha nacieron Dan y Neftalí, y por medio de Zilpa nacieron Gad y Aser. Aunque estas acciones reflejaban esfuerzo humano, tristeza y competencia dentro del hogar, la Escritura continuamente muestra que la verdadera bendición, el fruto y el cumplimiento de las promesas de Dios no vienen por medios humanos, remedios populares o esfuerzos del hombre, sino solamente de Dios y según Su tiempo y Su voluntad.
Sin embargo, la Escritura revela que mientras Raquel recibió las mandrágoras, Lea después concibió y dio a luz otro hijo. “Y oyó Dios a Lea; y concibió, y dio a Jacob el quinto hijo” (Génesis 30:17). Lea llamó su nombre Isacar, que significa “recompensa”, diciendo: “Dios me ha dado mi recompensa” (Génesis 30:18). Esto demuestra nuevamente que la concepción y la bendición vienen solamente por la mano de Dios.
La Escritura entonces declara: “Y se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le concedió hijos” (Génesis 30:22). Este lenguaje hace eco de Génesis 8:1: “Y se acordó Dios de Noé”, cuando Dios cuidó de Noé durante el diluvio y lo llevó a salvo según Su poder divino y fidelidad. De la misma manera, Dios se acordó de Raquel en su aflicción y respondió a su clamor.
Después Raquel dio a luz un hijo “y llamó su nombre José, diciendo: Añádame Jehová otro hijo” (Génesis 30:24). El nombre José lleva el significado de “quitar” o “añadir”, reflejando tanto que Dios había quitado el reproche de su esterilidad como que añadiría otro hijo más. Dios más tarde cumplió esto por medio de Benjamín, a quien Raquel dio a luz mucho después (Génesis 35:16–18).
Aunque las mandrágoras formaban parte de las creencias culturales relacionadas con la fertilidad en el mundo antiguo, la Escritura deja claro que Raquel no concibió debido a las mandrágoras mismas, sino porque Dios intervino según Su voluntad soberana. Aun en medio del esfuerzo humano, el anhelo, la superstición, los celos, el favoritismo y la debilidad, la voluntad de Dios prevaleció conforme a Su Palabra.
Por medio de Lea y Raquel, el fundamento de las tribus de Israel fue establecido.
Junto con sus siervas Bilha y Zilpa, ellas llegaron a estar conectadas con los comienzos de las doce tribus de Israel. La Escritura registra que Lea dio a luz a Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón y Dina (Génesis 29:31–35; Génesis 30:17–21). Por medio de Judá, hijo de Lea, continuaría el linaje real, haciéndola la madre ancestral de la línea davídica y finalmente de Jesucristo el Mesías mismo (Génesis 49:10; Mateo 1:2–3).
Raquel dio a luz a José y Benjamín (Génesis 30:22–24; Génesis 35:16–18). José llegaría a ser un poderoso instrumento usado por Dios para preservar vida durante el hambre, y por medio de José vinieron Efraín y Manasés, quienes llegaron a ser tribus en Israel según la bendición dada por Jacob (Génesis 48:5). La Escritura también deja claro el profundo amor de Jacob por Raquel, pues “Jacob amó a Raquel” (Génesis 29:18), y ella permaneció como la esposa que él había deseado desde el principio. Raquel murió dando a luz a Benjamín cerca de Belén: “Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén” (Génesis 35:19).
Lea, sin embargo, permaneció con Jacob durante la mayor parte de su vida, y finalmente fue sepultada con él en la cueva de Macpela en Hebrón, donde también fueron sepultados Abraham y Sara, Isaac y Rebeca. El mismo Jacob declaró: “Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer; y allí sepulté yo a Lea” (Génesis 49:31).
Su relato revela que aunque hubo dolor, rivalidad, favoritismo, engaño y conflicto dentro del hogar, la voluntad de Dios siguió adelante conforme a Su Palabra. Como más tarde se reconoció en Rut 4:11, Lea y Raquel juntas fueron reconocidas como aquellas “que edificaron la casa de Israel.”




Comments